domingo, 30 de julio de 2017

Rindiéndome a la gran dama del sado

Sucedió hace algún tiempo. Localicé a La Gran Dama del Sado en los anuncios clasificados. El suyo me llamó la atención porque era escueto y conciso, en lugar de exponer toda la panoplia de servicios como es habitual, éste sólo decía: “La Gran Dama del Sado admite esclavos selectos en su establo”.
Llamé al teléfono móvil que acompañaba al anuncio. Estaba bastante nervioso, como siempre que conozco a una nueva Ama. La voz que respondió al teléfono era una voz autoritaria pero agradable al mismo tiempo. Me di a conocer con mucho respeto explicando que yo no residía en Madrid pero aclarándole a la Señora que me escuchaba que no era uno de los muchos bromistas que suelen llamar a estos anuncios y que estaba dispuesto a desplazarme a Madrid, si ella lo autorizaba.

Me preguntó si estaba ya iniciado, a lo que respondí que sí. Me pidió que le contara qué tipo de variantes había practicado y yo se los expuse. Me contó que para ella no era importante el lugar del que provinieran sus esclavos. Me recalcó que lo único importante de un esclavo era su capacidad de asumir y cumplir todas sus condiciones y exigencias, incluso aquellas que hacen que la mente del esclavo se rebele. Me dijo que un buen esclavo es más difícil de encontrar que un diamante perfecto, pero que yo parecía sincero y que esa cualidad era muy importante para ella y que por tanto, si yo estaba dispuesto a viajar ella me recibiría en su Gabinete. Me dejó muy claro que eso no implicaba que me aceptara como esclavo, eso dependería de la impresión que tuviera de mí al conocerme en persona. Me citó el viernes siguiente a las 5 de la tarde, ordenándome que la llamara por teléfono cuando estuviera en Madrid para darme entonces instrucciones sobre cómo llegar hasta ella.

Ese viernes cogí el avión a las 15 h. y a las 16 h. estaba ya en el Aeropuerto de Barajas. Desde allí mismo la llamé. Me preguntó dónde estaba y la contesté que acababa de llegar al aeropuerto, me pidió que la dejara escuchar los anuncios por el altavoz, para asegurarse de que era cierto.--Bien, esclavo, veo que has cumplido tu palabra. A partir de este momento me perteneces y yo soy para ti Tu Señora. Sólo te dirigirás a mí de esa forma. Debes hacer exactamente todo lo que te ordene. ¿Has comprendido?--Sí, Mi Señora –contesté yo.--Bien. Nuestra cita se retrasará media hora. A las 5’30 quiero que estés en mi piso -me ordenó anotar la dirección-. Abajo hay una cabina, -continuó- llámame desde allí a la hora indicada. Hasta entonces, quiero que vayas a El Corte Inglés y que compres allí unas braguitas muy sexys. Guarda el ticket para enseñármelo. Métete en los servicios y póntelas, quiero que aparezcas con ellas puestas ante mí.

Cogí un taxi hasta El Corte Inglés más próximo. Subí a la planta de señoras y busqué la sección de lencería. Siendo viernes por la tarde había mucha gente y particularmente en la sección de lencería. Ante esta circunstancia di una vuelta, haciéndome el distraído pero viendo el género expuesto. Vi unas bonitas braguitas rojas de encaje, estilo tanga, y pensé que eran apropiadas. Tenía que apresurarme, pues eran ya la 4,45 y no podía llegar tarde. Estaba nervioso y no veía el momento de hacer la compra.

Finalmente me dirigí a una dependienta y le pedí las braguitas. Estaba absolutamente avergonzado; la dependienta me preguntó la talla, le contesté que eran para mi novia, que no sabía la talla pero que era una chica “normal”. Durante unos segundos (que me parecieron eternos), ella se dirigió a buscarlas y volvió con una cajita, sacó las braguitas de la caja y me las enseñó diciéndome: “Pienso que estas la irían bien”. Pensaba que todo el mundo me miraba. Azorado, le respondí que sí, pagué y salí corriendo de allí. Por último pregunté por los servicios y una vez dentro me quité mis calzoncillos y me puse las braguitas.

Salí rápido y cogí un taxi que me llevó a la dirección indicada. Faltaban cinco minutos para las 5,30. Encendí un cigarrillo para calmarme y a las 5,30 en punto me metí en la cabina y llamé de nuevo:--¿Has hecho lo que te ordené, esclavo?--Sí, Mi Señora, llevo puestas las braguitas, tal y como Usted me ordenó.--Bien. Puedes subir ahora, esclavo.

Era una mujer rubia, con el pelo corto, de unos 30 y tantos años, de complexión física fuerte sin llegar a estar gruesa. Sus ojos, negros y heladores me miraban fijamente. Estaba vestida de calle con una falda de cuero negro, medias negras y un body también negro muy ajustado, lo cual realzaba unos senos que me parecieron enormes. Por primera vez vi a La Gran Dama del Sado. Calculé que medía 1,75 m. pero llevaba puestos unos zapatos negros de tacón fino que le hacían superarme en altura.

Me invitó a seguirla, haciéndome pasar a través de un largo pasillo hasta una puerta cerrada. La abrió y me invitó a entrar y a sentarme en una especie de banqueta, me preguntó si quería tomar algo. Pedí whisky, pues realmente lo necesitaba, estaba muy nervioso. Trajo la copa y se marchó cerrando la puerta, me quedé solo y por primera vez pude contemplar el lugar donde me encontraba. Era una sala grande, seguramente era la pieza destinada a ser el salón-comedor del piso. Pero en lugar de los muebles de salón habituales, la sala tenía el siguiente mobiliario SM: todas las paredes estaban forradas con planchas de corcho de decoración. A mi izquierda había una cruz de madera con muñecas, tobilleras y un grueso cinturón en la intersección de las aspas para inmovilizar la cintura. Frente a ella había un estante de tres alturas parecido a los que se utilizan en las peluquerías llenos de objetos entre los que se distinguía un cesto lleno de diversas pinzas de tender. A la derecha de la cruz había una tarima grande de madera forrada con plástico rojo y sobre ella estaba instalada una jaula cuyos barrotes estaban pintados de negro, era una jaula baja en la que calculé que sólo se cabía a cuatro patas, la puerta de ésta estaba cerrada con un candado. Más allá de la tarima había una mesa como las que se usan para dar masajes, también con muñequeras, tobilleras y una gruesa correa a ambos lados de la zona central.


Cerca de la mesa había otro estante con distintos tipos de consoladores, algunos de ellos eran enormes y gruesos. Frente a mí se encontraba una especie de caballete con un yugo de madera con orificios para introducir las manos y la cabeza. A su lado, un cómodo sofá elevado sobre otra tarima de madera forrada también de plástico rojo.

La pared de mi derecha estaba ocupada por un espejo grande. En el centro de la habitación había un potro de tortura y del techo colgaba una barra de madera sujeta por una cadena que, a través de una polea podía subir y bajar de altura. A ambos lados del espejo colgaban abigarrados, látigos palas, fustas, cuerdas, capuchas, etc.

Estuve unos minutos esperando, tomando mi whisky a sorbos, sudando de nerviosismo al verme envuelto en esa atmósfera. Cuando volvió a aparecer ante mí se había trasfigurado en la más bella de las Amas. Lo supe cuando me levanté ante su presencia con una sonrisa y ella, sin cambiar la expresión seria de su cara, se acercó a mí hasta que su pecho tocó el mío y mirándome fijamente a los ojos me dijo:--¿Acaso piensas que esa es una postura correcta para un aspirante a esclavo?.

Sentí las palmas de sus manos posarse en mi estómago y ascender hasta mis pezones. Sus dedos me los aprisionaron y comenzaron a retorcerlos hasta hacerme humillarme a sus pies.--¡De rodillas ante mí! ¡Esa es la postura que exijo a mis esclavos, cuanto menos a alguien que sólo aspira a entrar en mi establo! Acabas de entrar en mis dominios. Yo soy la Reina Absoluta aquí. Ahora decidiré si me sirves o no como esclavo, pero me valgas o no, aunque sólo estés aquí cinco minutos, lo primero que debes aprender es que cualquier hombre que entra en mi establo es un ser inferior y debe presentarse ante mí completamente desnudo y de rodillas. ¿Qué haces aún vestido? ¡Desnúdate inmediatamente! Me quité en el acto toda mi ropa de calle ante La Gran Dama del Sado.

Cuando solamente quedé con las braguitas rojas puestas, La Gran Dama del Sado detuvo mis manos con la lengüeta de una fusta y la posó sobre la zona que cubrían mis braguitas. Yo estaba empalmado y mi vello púbico salía por todos los lados de la minúscula zona que cubría la tela.--¡De rodillas! ¡Besa mis zapatos! Yo besé con pasión la puntera de cada uno de sus zapatos.--¡Muéstrame el justificante de compra! Se lo mostré. Y por primera vez vi dibujarse una enigmática sonrisa en su rostro serio. Se sentó en el sofá y me hizo aproximarme de rodillas ante ella.--Estoy satisfecha de tu seriedad y de cómo has cumplido mis órdenes, la mayoría de los hombres que llaman diciendo que quieren ser mis esclavos no serían capaces de afrontar la vergüenza que sin duda tú has pasado.
-Si, Mi Ama. El morbo que sentía por servirla ha hecho que fuera capaz de superar mis miedos.-Bien. Pero no basta eso sólo. Aunque tengo puesto un anuncio en el periódico yo no soy una profesional. A través del anuncio busco simplemente encontrar esclavos y esclavas para satisfacer mi secreta pasión. Es cierto que cobro por una sesión porque todo esto que ves me ha costado mucho dinero, no te imaginas cuánto. Pero tienes que saber que yo no escenifico una sesión. Si te atreves a servirme no te voy a preguntar lo que te gusta y lo que no. Yo exijo sometimiento total y te utilizaré para satisfacer mis caprichos sin contar contigo para nada. Si estás sufriendo, aunque vea que estás llorando no creas que por gemir o implorar voy a parar.

Y ahora, dime esclavo, ¿cuál sería tu mayor fantasía como sumiso? -Mi fantasía es irrealizable, Mi Ama. Desde que asumí mi sexualidad como esclavo siempre he soñado con pertenecer a una Dómina por completo. Vivir la sumisión verdadera, aquella que va mucho más allá de una sesión. Que esa Dómina gobierne no sólo mi cuerpo sino mi mente.- ¡Eres valiente, esclavo! ¡Pocas personas estarían dispuestas a entregarse de ese modo!. La Gran Dama del Sado reflexionó unos instantes en silencio y se dirigió a mí. -Creo que eres sincero y decidido. Conmigo puede hacerse realidad tu sueño. No sé si llegarás a ser tan buen esclavo como para eso.

Pero si realmente lo deseas, yo estoy dispuesta a ser esa Ama que tanto has buscado. Pero, ¡te aviso esclavo! ¡Soy tan exigente, como ni siquiera eres capaz de imaginar! ¿Deseas servirme completamente? -Si, Mi Ama. Lo deseo.- Bien. En tal caso, me entregarás tu dirección, el teléfono de tu casa, el de tu trabajo y el de tu móvil si tienes. Te tendré localizado constantemente, porque si afrontas servirme ahora formarás parte de mi cuadra. Te podré llamar y exigirte que vengas a Madrid cuando yo quiera. Si decides servirme ahora, esto no acaba sino que empieza.

Y ahora qué sabes todo esto, ¡contesta! ¿Aceptas mis condiciones? -Sí, Mi Señora, deseo servirla desde el primer instante que escuché su voz por teléfono. Tengo miedo de no poder ser un buen esclavo para Usted, pero estoy dispuesto a esforzarme hasta el máximo por merecer su confianza.- Bien me complace tu decisión. A partir de este momento eres mío. Sólo hay una cosa que debes saber, si deseas que nuestro juego termine sólo tienes que pronunciar una palabra: “STOP”.

Mientras no la pronuncies, como ya te he dicho antes no haré caso a tus súplicas o lloros. Ahora, ¡limpia mis zapatos con tu lengua! Inmediatamente comencé a pasar mi lengua por toda la superficie. Mi Ama iba ofreciendo su zapato a mi lengua. Cuando la superficie negra de los zapatos estuvo brillante con mi saliva me ofreció las suelas que lamí de igual forma. Después me hizo chupar cada uno de sus tacones, de 10 cm. por lo menos, como si estuviera follando mi boca con ellos.

Si flaqueaba en la intensidad al lamer o chupar, inmediatamente sentía en mis nalgas el poder de la fusta de Mi Ama. -Sube con tu lengua por la pierna. Quiero sentir la humedad de tu lengua a través de mis medias-. Fui lamiendo muy lentamente. Cada centímetro que ascendía era una conquista para mí. Cuando llegué a la altura de su rodilla paré y comencé a dar largas lamidas desde la rodilla al tobillo. No me atrevía a lamer sus muslos de redtube.com. Mi Ama subió su falda hasta la altura de su ingle dejando ver el final de su media, enganchada a un liguero también negro. -Lo haces muy bien esclavo, extraordinariamente bien. Vas a ser mi perrita lamedora. ¡Sigue subiendo, lame mis muslos! Pero atención, ¡prohibido lamer un milímetro de mi piel que no esté cubierta por la media!- Lamí aquellos muslos como si fuera lo último que hiciera en mi vida.

La Gran Dama del Sado tenía cogido mi cabello con una mano y sentir sus dedos era para mí como sentir una hoguera en mi piel. Llegué al borde superior del encaje. Allí donde corría peligro de que mi lengua pudiera rozar la piel desnuda de Mi Ama. Tal vez para provocar mi error, ella tenía las piernas abiertas y podía contemplar su sexo, oculto por unas braguitas negras. Lamía aquella zona y Mi Ama me impedía con su mano que bajara. Yo estaba absolutamente excitado y hubiera deseado sentir en mi lengua el calor de su piel, pero resistí la tentación como pude. -¡Basta! ¡Acaricia mis piernas con tus manos! ¡Descálzame y quítame las medias con mucha suavidad!- Cuando lo hube hecho, ella me ordenó lamer sus pies desnudos y sudorosos.

Lamí el empeine y la planta y después fui introduciendo cada uno de sus dedos en mi boca y chupándolos como había hecho antes con sus tacones. Estuve así un buen rato. Oía a Mi Ama decirme que necesitaba ese masaje para relajarse después de un día de pie. -¡Alto! ¡Ve de rodillas hasta aquel estante y tráeme aquel collar!- Lo hice. Ella cerró el collar alrededor de mi cuello. ¡Incorpórate! Me puse en pie ante Ella. Me miró detenidamente de arriba abajo desde su asiento. Me hizo dar una vuelta completa y me dijo: “Eres una linda putita. Pero es necesario mejorar algo”. Se puso en pie y tiró de mí empuñando su collar, llevándome hasta el otro lado de la estancia.

Escogió de entre las múltiples xnxx.com pelucas de que disponía, una rubia, larga y ensortijada y la colocó sobre mi cabeza. A continuación comenzó a maquillarme, las cejas, los ojos, perfiló mis labios y los pintó y aplicó colorete en mis mejillas. Mientras realizaba esa tarea, retrocedía de vez en cuando para ver mejor el efecto, de la misma manera que un pintor contempla su obra. Luego me ordenó ponerme un liguero negro en la cintura y unas medias de rejilla negras. Me colocó un minúsculo delantal blanco. Por último, me ordenó ponerme unos zapatos rojos y brillantes de un tacón altísimo y muy fino. Yo nunca había calzado esos zapatos y tuve muchos problemas para mantener el equilibrio.

Mi Ama lo observó y empuñando mi collar con una mano y su fusta en la otra, me obligó a dar una serie de vueltas alrededor de la estancia, como si fuese la Domadora y yo su caballo. A golpes de fusta fue corrigiendo mi manera de andar sobre los tacones hasta que consideró que era lo suficientemente elegante.

via: http://www.pornoportugal.pt